Nosotras

 

Panorámica del FanFest en la Colina de los Gorriones. No hay mejor nombre para lugar alguno en el mundo.

Rusia es la casa de 77 millones de mujeres… eso es 10 millones más rusas que rusos.

 

Y aunque decir que el fútbol no tiene barreras de sexo es un lugar común, por las gradas de los estadios moscovitas y ayer en el inmenso FanFest de la capital rusa, se aprecian tantas mujeres como hombres, viviendo este mes sabático con la misma pasión.

“Amo el fútbol porque amo el espíritu del juego, el jugar en equipo, el construir como equipo, y eso es algo que el mundo necesita, que mi país también necesita cultivar”, nos explica la egipcia Dalia, una joven de 23 años, su presencia en estas tierras, apoyando a “los Faraones”.

Me encuentro a Dalia camino a la concentración de la selección argentina, que decidió quedarse encerrada en lugar de reconocer el campo del estadio Spartak, adonde debutará hoy (a las 7 a.m. hora de El Salvador) contra Islandia, ¿una mezcla de Frozen con la Cenicienta, no?

Dalia, de Egipto, fana de “los Faraones” y de Momo Salah, claro.

Y en vía hacia Bronnitsy, situada a 60 kilómetros, también conversé con Camila Libardi, una simpática brasileña que llegó desde Sao Paulo porque el fútbol le parece feliz, y con eso le basta. En el fondo, lo que me está diciendo es que no hay un motivo en particular porque le deba o no gustar, simple y sencillamente “let it be”, y dejarte llevar.

Aún más sonriente luce Raquel Weitzman, una argentina de 38 años muy relajada radicada en Israel que sostiene que tomó la decisión de venirse a ver el Mundial en noviembre de 2016, cuando visitó a su familia en Buenos Aires y se citó con unos amigos de la primaria. “Y entonces le dije a mi marido, ‘me voy a ver la Copa dentro de dos años. Si querés venir, estás invitado’. Y comenzamos a ahorrar plata, dejé a mis tres hijos con una niñera. Digo, había que cumplir este sueño.”

Al llegar a la concentración, llama mi atención un trío de fans que manipulan una pequeña estatuilla de Lionel Messi rodeado de aficionados, una cosa preciosa a la que reverencian tanto como si fuera un huevito Faberge.

Son Romina Barrientos, Javier Heredia y Mariano Heredia, unos salteños que se animaron a venirse a Rusia para entregarle a Lionel Messi un diorama (una maqueta, pues) inspirado en su persona. Romina habla poco pero está acá tras venirse en la misma procesión futbolera que sus paisanos: “Lo menos que espero es que Argentina llegue a cuartos de final”, sentencia.

 

Romina, Javier, Matías y Mario posan con la maqueta alusiva a Messi que intentaron entregarle, sin éxito…

Termino el día en la Colina de los Gorriones, un descampado enorme que queda en lo alto de la geografía moscovita, con una vista impresionante del estadio Luzhniki y adonde se ha instalado un FanFest con pantallas gigantescas para que los aficionados que no consiguieron entrada puedan pasarlo bien.

Así de imponente se ve el Luzhniki desde la Colina de los Gorriones…

Mientras platico con una uruguaya, Andrea Josefina Giucci, José Giménez se eleva y con un cabezazo que desde ahora entra al libro del fútbol uruguayo, resuelve el serio problema del partido contra Egipto, y esta montevideana comienza a celebrar con unas palabras que no puedo repetir acá.

En completa discordancia con la crudeza del festejo de la seguidora charrúa, discretamente sentadas sobre la calzada veo a dos mujeres jóvenes muy delgaditas, ataviadas con unos tocados a la usanza musulmana. Sonríen de oreja a oreja; a esa imagen yo la titularía “Liberación”. Y nos ponemos a platicar para que, en un inglés depurado, una de ellas me diga: “Somos de Yemen, venimos a ver a los equipos árabes, esperamos que ganen, y hemos venido acá porque es una atmósfera apasionante, con gente de todo el mundo”. Se llama Marwa Sana, y verla y que te caiga bien es una misma cosa, por complicidad no sólo futbolera sino por el desenfado con que contribuye a que estar hoy mismo en Moscú sea una declaración y una fiesta.

Dos amigas de Yemen, que están en Rusia para apoyar a todas las naciones árabes.

 

Peregrinos

Desde arriba, derecha: brasileña, rusa, árabe, colombiana, egipcio, peruana, mexicano y brasileños.
Y el Mundial se hizo.
Y decenas de miles de peregrinos de la pelota llegaron hasta el estadio Luzhniki y sus alrededores como si fueran peregrinos en la Meca, cada uno sufriendo privaciones, cumpliendo viejas promesas, persiguiendo un sueño de pelota.
Uno de ellos es Will Célica, un salvadoreño que se nos presenta como “el Ocho copas”. Es que no se ha perdido Mundial alguno desde Italia 1990. Originario de Lourdes, Colón, y radicado en Los Ángeles, California, ha venido para apoyar a Argentina. Para completar su casi religiosa marcha mundialista cada cuatro años, tiene programados sus ahorros en un plazo fijo. “La primera vez fui a la Copa del Mundo sólo por molestar”, dice.
Otro cuscatleco, este oriundo de Metapán, también se encamina al estadio con el brillo de conquistador en los ojos, casi llegando a El Dorado. Es Geovanny Martínez, y asegura que le tocó que vender los animalitos, los cerditos y las gallinas para poder costearse el viaje.
Dos peregrinos enfundados en un rojo ceremonial salen a nuestro paso, ella rusa, él salvadoreño. Son esposos: Svetlana Kolesnikova es de Siberia, y David Callejas es de Mejicanos. Llevan dos años juntos, intentando romper el choque cultural y lingüístico. Se conocieron a través de un amigo, y luego el e-mail y el Skype y el amor hicieron el resto. Casados en El Salvador y radicados en Guatemala, esto es un viaje mitad familiar y mitad de placer, sostienen.
“América Latina es otro mundo, no es como Rusia. Lo que me gusta es que ustedes son amables, todo sonrisas”, opina Svetlana.
Svetlana Kolesnikova y David Callejas, esposos, el de Mejicanos, ella de Siberia.
Miguel Pereira, colombiano, pasa menos desapercibido que los salvadoreños; es imposible no voltearlo a ver con una gigantesca peluca amarilla que hace referencia al legendario crack cafetero “el Pibe” Valderrama.Está afónico por culpa del cambio de clima, del jetlag y de la emoción. Viene desde Pereira a apoyar a todos los países americanos, jura.
Una peruana de 32 años, Verónica Morales, ataviada con un bonito gorro rojiblanco con bisutería, es un ejemplo del amor futbolero. Capacitadora educativa, está en Rusia entusiasmada luego que Perú volviese al Mundial, algo que no ocurría desde 1982. Y no le importó ocupar casi todo el dinero de su liquidación en el trabajo, unos $5 mil dólares, en boleto aéreo y entradas para apoyar a la albiroja. “Siempre hemos querido que Perú volviera al Mundial… ¡Cómo no iba a venir!”
Otro peruano por allá, Ricardo Rojas, un joven ingeniero civil, se gastó la mitad que Verónica para cantarle al rojiblanco a todo pulmón; lo mismo unos ticos muy agradables, el matrimonio de Marvin Arroyo y Marilyn Padilla, un peruano con pinta de japonés que se llama Martín Chigoya, un mexicano vestido como el Chapulín Colorado… no hay reglas cerradas de vestuario en el culto del Mundial de los Últimos Días, que oficiará 30 días para no volver sino hasta 2022.

 

3, 2, 1… ¡Rusia!

Unos hinchas brasileños montaron esta venta callejera de artículos de la verdiamarilla.

La inventiva de la gente no tiene límites. Unos brasileños se trajeron un verdadero minimercado que incluye banderas, gorros verdiamarillos, camisetas y otros souvenirs de la pentacampeona del mundo, y se apuestan en las banquetas de la calle Nikolskaya, para venderlas por unos cuantos rublos. Son tan geniales que incluso han escrito en ruso los precios e indicaciones. Para que veamos que la cachada es permitida en todas las culturas.

Esto se descontroló, esto ya sabe a Babel. Aunque seguramente los que construyeron la torre del Génesis no se lo pasaron tan bien… no tenían al fútbol.

La gente se reconoce las nacionalidades, y con ella los pecados e historias, al ver las banderas y las camisetas que portan los extraños de enfrente. Y de la nada emergen ticos, unos que presumimos son africanos aunque los del Norte de África pasan fácilmente por árabes, europeos de todos los colores… Los ves ataviados con los adornos más exóticos: un sombrero bombacho que parece una construcción bizantina, un penacho alusivo a un tigre que le apreciamos a un fan colombiano sensacional, vikingos argentinos, mexicanos disfrazados como rusos y rusos disfrazados de charros mexicanos…

No es lo mismo un turista que un aficionado haciendo turismo; el segundo es desinhibido por completo, y su desenfado es contagioso.
Yo misma, que estoy en misión profesional, de repente respiro un aire distinto, eres parte de algo más grande, de un paréntesis en el mundo en que no sólo se celebra al fútbol sino a la capacidad de la gente de reconocerse como una sola familia.

Es lo que percibo cada vez que digo -con un progreso en mi pronunciación, espero- “bolshói spasibo”… muchas gracias, pues. Y me toca decirlo seguido porque cada vez que me desubico siguiendo el mapa, el moscovita me redirige amable.

Aficionados se paran en una banqueta para expresar su pasión mientras un agente de la Policía rusa les pide que se comporten.

DESCUBRIMIENTOS
Fue un día de descubrimientos personales.
Primero, descubrí que me gusta la comida rusa. Es que al fin probé la sopa borsht. Por 315 rublos, unos cinco dólares, disfruté de un sabroso menjurje que preferí comerme caliente, aunque dicen que fría sabe igual de buena. Tenía rajitas de remolacha, carne y unos cuantos frijoles, pero no como los nuestros, un frijol igual de sabroso. Le agregas crema y un aderezo con cierto dejo a ajo y les juro que levanta a cualquier muerto. Deliciosa, energizante.

 

Segundo, descubrí los buses. Hasta ahora me había movilizado en el subterráneo pero hoy apelé a la versión rusa de nuestro SITRAMS. Claro, muy ordenado,

Sopa de pollo con albóndigas y una sopita Borscht, todo por unos $5 dólares.

carril especial que nadie invade, limpieza espectacular.

Y tercero, después de mucho ver a los rusos, realicé que son gente especial, disciplinada, ordenada, y que en su ADN tienen eso de respetar el sistema que sea. Anoche, a eso de las 10:30 p.m., vi a una multitud saliendo del teatro, y pese a la hora, a las circunstancias excepcionales y a que estaban en modo “cool”, mantenían el orden, como si hubiera un director invisible que los condujera por calles y aceras.

Eso fue lo más célebre de un día en el que la sensación más fuerte es de inminencia. Preparativos por acá y por allá, personal de limpieza metiéndole duro a todo, andamios, grúas, policías. La seguridad se ha extremado a tal grado que hoy, al entrar el estadio Luzhniki, me tocó encender la computadora, es decir que ya no basta con los puntos tradicionales de control.
Y así, entre el furor de los hinchas y la concentración de los organizadores, la vigilia del Mundial se terminó. La próxima vez que les escriba, Rusia 2018 habrá llegado a nuestros corazones.
Aficionados rusos compraban entradas ayer; uno de los grandes temores de la FIFA es al mercado negro.

La Rusia amable

 

Hipólito, un panadero de Oaxaca, en pleno feriado ruso.

Ayer, en el Día Nacional de Rusia, los moscovitas se permitieron sonreir con los cientos de aficionados de todo el mundo que ya se apelmazan en sus calles, cantando himnos que no alcanzan a entender.

Fue un día para dar vueltas en redondo, encontrar calles cerradas, recibir instrucciones incomprensibles de policías y militares. Parecía, al menos al inicio del martes, como si Moscú se preparase para una invasión. Pero terminó invadida de modo amistoso por aficionados de cada vez más países, que aprovechan cada esquina para cantar sus consignas.

El Día Nacional de Rusia, que se festeja cada 12 de junio, fue la ocasión propicia para que turistas y anfitriones rompiéramos el hielo. Los moscovitas lucían relajados, en una explosión de folclore y música por todas las calles. Así celebran la desaparición de la Unión Soviética y el restablecimiento de la soberanía rusa: exhibiendo toda su identidad nacional, que soportó la convivencia con los hábitos y culturas de las otras repúblicas socialistas imponiendo su hegemonía.

Familia rusa en feriado, con efusión de motivos mundialistas.

Ese orgullo ruso fue perceptible ayer, pero de un modo amistoso, cálido. Así me lo hicieron sentir dos amigas inesperadas, Tania y Lida, dos señoras muy bonachonas que me honraron poniéndome una tiara kokoshnik, que es una suerte de gorro redondeado con bisutería al frente. El que me puse fue uno rojo con verde y vivos blancos, sin duda un símbolo de la grandeza de épocas anteriores de la historia rusa

En cada esquina escuchábamos música rusa tradicional, entre ellas unas muy sentidas por la gente mayor, como “Válenki” y “Vinovata li ya”, que deben ser el equivalente a las rancheras en México o algunas cumbias de esas que duelen en El Salvador.

Lo agradable de la mañana y del escenario le permitía a la multitud lidiar con el montón de puestos de seguridad, un anillo no sólo periférico a la Plaza Roja sino que también tenía sus estaciones internas.

Grupos familiares enormes y de probablemente distintos puntos del país a juzgar por sus tan diferentes facciones -unos parecen asiáticos con ojos muy rasgados, otros son blanquitos con ojos de color y otros tienen cierto dejo árabe, ¡rusos todos!- animaron la jornada husmeando entre los escenarios, en las tiendas souvenirs o tomándose un café en las calles Kuznetsky Most,  Teatralnaya Square y Arbat, o alrededor de las catedrales de Kazán y San Basilio.

Locomotora en las inmediaciones del estadio Lokomotiv, modelo L-3516.

A los sudamericanos que ya fueron mayoría ayer en la pelea invisible entre los nacionalismos presentes, se sumaron egipcios, franceses e incluso salvadoreños.

Lo de ayer fue como un Fan Fest no oficial que permitió a los turistas recién llegados entrar en cómo contacto con la situación, con las calles principales y con el sistema de transporte. El idioma sigue siendo un valladar, pero a la larga todos logramos entendernos, excepto cuando de comer se trata.

En el apartado gastronómico, esto es un reto gigantesco, aunque debo confesarme fan de un restaurante impronunciable en el que puedes leer el menú con traducciones al español. Lamentablemente no me bastará con este sitio a menos que quiera pasar toda mi estancia comiendo piernas de pavo, hot dogs, salchichas en salsa, galletitas y elotes.
La cuestión es que Rusia se está dando a querer. Si le hallamos el lado, terminaremos entendiéndonos antes del pelotazo inicial.

El Tour de la redonda

Matías recorrió un mundo para estar en Rusia 2018.

Matías Amaya luce agotado, con un look de naufrago y barba de profeta, pero feliz. Feliz porque está en el corazón no sólo de Rusia, sino del planeta, porque en eso se convertirá Moscú en las próximas horas. Y agotado porque para venir acá debió, durante cuatro años, recorrer 37 países y 80 mil kilómetros con un equipaje de 90 kilos en su bicicleta.

No pudo terminar su aventura en un día mejor: 12 de junio,  justo cuando se celebra el Día de Rusia. “Me siento muy feliz de haber llegado a Moscú y poder compartirlo con la familia, con todas las personas que me han seguido a través de internet… sin ellos no lo hubiese logrado, por eso todo el cariño para ellos”, me dijo mientras la gente le aplaudía a su paso por la calle Teatralnaya Square,  rodeado de fotógrafos y personas que buscaban la foto para el recuerdo.

Matías viene desde San Juan, Argentina. Tomó la decisión de emprender este viaje justo cuando Brasil 2014 terminaba. “Ahí mismo, en Brasil (adonde también había llegado bicicleteando), tomé la decisión de no volver a casa y tomar mi viaje hacia Rusia 2018”, recuerda.

En su recorrido pasó por El Salvador, y no le quedamos mal. “Fue muy lindo, la pasé bien en ese lugar”, expresó este campeón de la carretera, que sostiene que no necesita llevar dinero en sus bolsillos porque la generosidad de la gente le basta para encontrar cobijo y comida.

Cayó la banda (y no es albur)

Juan Posada grita a los cuatro vientos moscovitas “¡Qué viva El Salvador!”

“El Salvador, El Salvador.”

Y al voltear a ver, una bandera con el hermoso escudo y las dos franjas azul cielo, separadas por el blanco de la paz. Y aquellos rostros más reconocibles que un dui. Sí, inesperada reunión de salvadoreños en la calle Arbat.

Pedro Paz, Juan Posada, Mario Cuenca y Fátima Hernández, enfundados con unas camisetas azules en las que se lee “Mágico 11” y armados de la imperdible bandera, eran entrevistados por varias personas. Algunos se tomaban fotos con ellos, mientras los enviados de una televisora peruana y unos colegas de Telemundo hacían cola para entrevistarlos.
Pero nomás me identifiqué, todos tuvieron que esperar. Sorry, cosas de la sangre.
El grupo hizo posible el viaje de sus vidas luego de probar suerte con la compra de las entradas en línea en septiembre; una vez les salieron algunos de los tiquetes de entre los siete partidos que habían pedido, no les quedó más remedio que tomar la decisión. Con algunos ahorros y otros esfuerzos, algún préstamo por acá y apretón de cincho por allá, compraron sus boletos y se aventuraron hacia Moscú, previa parada en la holandesa Amsterdam.
“Nos metimos a clases de ruso… la verdad es que Juan es el que más aprendió.” Y entonces Mario llama a Juan, que básicamente aprendió a presentar al grupo y a saludar al ruso que se aproxime, eso sí, con una sonrisa que los moscovitas nunca habían visto. “Es que el calor latino no es mentira, la misma gente rusa se asombra de vernos acá, ayer eran las 4 a.m. y en las inmediaciones de la Plaza Roja estábamos con argentinos y uruguayos saltando, bailando”, sostiene.
Pedro Paz, Juan Posada, Mario Cuenca y Fátima Hernández, aficionados salvadoreños posando con la bandera en Moscú.

Llegaron el lunes por la madrugada tras hacer el trayecto San Salvador-Panamá-San José-Los Ángeles-Amsterdam. Están como en un trance de felicidad, considerando además que Mario cumple años mañana. “Hemos cumplido el sueño de nuestras vidas”, confiesa emocionado.
Al rato se les suma una quinta compatriota residente en Moscú. Se llama Saraí Zúniga y es estudiante de ingeniería aeronaútica, y sobre sus destrezas en el idioma, podemos decir que les ayudará a pedir los platos más impronunciables, aunque falló un poquito cuando le pedimos asistencia en la pronunciación de los nombres de algunos de los seleccionados rusos.

Desde mayo de 2016, Rusia y El Salvador mantienen un acuerdo que permite a ciudadanos de ambos países viajar y permanecer en ambas naciones sin visa por 90 días calendario. Indiscutiblemente, quizá ese convenio sea más beneficioso para El Salvador en lo comercial, pero durante el Mundial, los rusos se verán beneficiados por la exportación de las sonrisas de nuestros jóvenes.

El Mundial, tiernito en Moscú

Ya tengo mi acreditación.

Posando con la credencial, afuera del estadio Luzhniki, en Moscú, mismo que será la sede del encuentro inaugural el próximo jueves, a las 9 a.m. hora de El Salvador.

Puede parecer un detalle menor pero la verdad es que tomando en cuenta lo duro de las medidas de seguridad, será bastante difícil permanecer en Moscú y ni se diga movilizarse a las otras sedes que tengo en mi itinerario (San Petersburgo, Nizhny Nóvgorod y Kazán) sin este documento.

No es que el ambiente sea muy militarizado pero ves seguridad en todo momento, como si hubieran repartido a todos los policías para que haya uno cada 500 metros. Cerca del Kremlin, uno de ellos alejaba a un indigente, que le respondía con el semblante descompuesto. Pero los rusos aseguran que los agente están cada vez de mejor humor, gracias al Mundial. ¿Será?

Para recoger la acreditación, tuve que enfilar temprano al estadio Luzhniki, queserá sede del partido inaugural dentro de 48 horas, entre Rusia y Arabia Saudita. El escenario es muy bonito, limpio, con una pulcritud casi que de monumento público en su fachada; de adentro es poco lo que puedo decir porque no se me permitió ni siquiera asomarme a la cancha.

El chequeo para entrar al estadio fue meticuloso con mayúscula. Una vez tienes la credencial, hay una máquina que lee el código de barras del documento, y luego el equipo fotográfico, móvil, computadora, todo pasa por un escaneo, mientras que tú también cruzas una detectora de metales, y luego te hacen otro registro como si estuvieras en cualquier aeropuerto estadounidense.

Adentro, hay un correr y entrar de gente
intenso, ultimando preparativos para la inauguración. Ves gente colocando stands, limpiando, haciendo pruebas de transmisión… No es un buen lugar para estar, lógicamente, así que en cuanto junte mis documentos, me largué. La dejaremos para el jueves, Luzhniki.

LA CALLE ADOPTIVA

Al salir del estadio, me dirigí a la Plaza Roja, que queda a unos 30 minutos en metro.

El metro es complicado, no voy a mentirles. Apenas hoy comenzaron a poner letreritos en inglés adentro de las unidades; eso no vuelve menos difícil entender el sistema, aunque en mi caso, sé que del estadio a la Plaza sólo debo seguir el trayecto rojo.

Pase para usar gratuitamente el metro, cortesía de la FIFA a todos los periodistas acreditados.

La organización ha tenido la amabilidad de darnos un pase de metro gratuito a todos los periodistas acreditados por la Federación Internacional de Fútbol (FIFA), que así nos ahorramos los 32 rublos de cada viaje, con independencia de los destinos. Digo, no es tanto pues, como 0.40 centavos de dólar, pero ha sido un primer gran detalle, ¿no?

Llegué a la Plaza Roja pero el paso estaba cerrado, precisamente por las instalación que se hace de estructuras comerciales, operativos de seguridad y demás previos no sólo al Mundial sino a la celebración, este martes, del Día de Rusia.

Todos los 12 de junio se conmemora  la declaración de la soberanía  de la Federación de Rusia que puso fin a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS, o CCCP según lo que decían las famosas camisetas que esa selección ocupó entre 1958 y 1990). Ese día hay conciertos, bailes y demás al aire libre, y sin duda será el modo más amable en que los rusos podrán recibir a los miles de aficionados de todo el mundo que se esperan en las próximas 48 horas.

Panorámica de la Plaza Roja, con San Basilio a la izquierda, y el Kremlin al frente; ayer, estuvieron cerrados por preparativos.

Como la zona está cerrada, a los turistas que ya circundan el centro de Moscú no les quedó de otra que hacer sus manifestaciones de alegría en una calle aledaña, la calle Arbat, que es una peatonal chiquita, quizá de un kilómetro de largo.

La calle tiene mucha historia pero a los aficionados, sobre todo argentinos, colombianos, peruanos, mexicanos y brasileños que ayer la hicieron suya con cánticos como “Campeones como en el 86, oe, oe, oe, oe” o “El que no salte es uruguayo”, poco les importaba estar frente al restaurante en el que el escritor León Tolstoi se juntaba con sus amigos, o la historia de la escultura de Pushkin y Natalie.

Uno de ellos, de nombre Sebastián, un hombre joven que se vino desde Bahía Blanca, Argentina, tras gastarse $5 mil dólares en boleto, hoteles y entradas para los tres juegos de primera ronda de la albiceleste, le tomaba fotos a todos sus paisanos, indiferente a toda la infraestructura.

En la medida que el día fue progresando y el clima fue mejorando (de los 6 grados con que amanecimos a los 18 grados a eso de las 5:30 p.m., con sol incluido), los aficionados se fueron multiplicando, de modo que al caer la tarde ya se había montado una buena mancha de colores azules, amarillos, rojos y verdes, los de las bufandas y banderas de la gente. Lo que más me sorprendió fue ver a una nutrida barra de iraníes. En un inglés que sufrimos tantos ellos como yo, nos comunicamos. Una de ellos me preguntó “¿de qué país vienes?”. Y asombrados, me dijeron que sabían de El Salvador. “Centroamérica, Centroamérica”, repetía otro, exhibiendo sus conocimientos de geografía.

Vista de la calle Arbat, una de las más históricas del centro de Moscú.
NUMERITOS

Es imposible no hacer automáticamente el cambio de moneda cuando te tomas un café o te compras una botella de agua. La botella de medio litro te cuesta 100 rublos, es decir, como $1.50 dólares, comprada a paso de peatón. Matrioshkas de los jugadores (una cosa entre divertida y horrible, porque las caras de los jugadores sinceramente no pegan con el diseño de estas artesanías), 2 mil 200 rublos… 33 dolaritos. Unos ushanka, gorros súper ricos para que no se te enfríen las orejas, valen 5 mil 200 rublos… ¡$78 dólares! Tocará enfriarse las orejas.

Hay cada experiencia según la suerte del turista. Algunos se quejan de haber cambiado rublos a razón de 40 por un dólar, mientras otros festejan que lo hicieron antes de venir a Moscú y recibieron hasta 70 por dólar.

Matrioshkas con el rostro de jugadores colombianos, españoles y de Cristiano, se aprecian en cada tienda de recuerdos.

Una de las vendedoras de artesanías, curiosa luego de intentar sin éxito adivinarme el acento, me preguntó de dónde vengo. Y repitió varias veces “El Salvador, El Salvador”, con una sonrisa quizá de incredulidad. Alcanzó a recomendarme, supongo que de buena fe, que no me viaje de vuelta sin tomarme una sopita borsch. “Da lo misma caliente que helada.”

Pero en Moscú, desde hoy, nada luce helado, porque los fanáticos de todo el mundo comienzan a traer los olores y apetitos del deporte más caliente.

Acá les dejo un vídeo que resume esa sensación, con clips que recogí en este martes premundialista.

 

San Salvador-Madrid-Moscú

Aeropuerto Adolfo Suárez Madrid, escala intermedia entre San Salvador y Moscú.

Saludos a todos, soy Violeta Martínez, periodista del Grupo LPG de El Salvador. He sido comisionada para cubrir la Copa del Mundo Rusia 2018 para todas nuestras plataformas; creo que será un viaje en el que, si me lo permiten, podremos conocer juntos no sólo el evento más importante del deporte, sino Rusia y a cientos de personas.

Comencé mi viaje ayer, sábado 9 de junio, saliendo de San Salvador a las 8:10 p.m., con un montón de planes en la maleta, ideas de notas que escribir y sobre todo de vídeos y fotos que recojan la que supongo es la fiebre mundialista. Pero ya habrá tiempo para eso.

Luego de unas diez horas y media de vuelo llegué al aeropuerto Adolfo Suárez Barajas, en Madrid. La escala fue larga, de tres horas, y me permitió percibir

Ya veremos si los alemanes se las ponen de maceta…

un movimiento continuo hacia Moscú. Los souvenirs  mundialistas se dejan ver por aquí y por allá. Conocí a varios grupos familiares mexicanos, que confirman que es la comunidad latinoamericana que más viaja con cada Copa del Mundo. Uno de ellos me prestó la tradicional charra para una fotito. Los alemanes no saben de eso, pensé. Por cierto, cubriremos ese juego, el domingo.

Otros dos signos me indicaron la proximidad del Mundial: la repetición de camisetas de Brasil en cada sala de espera, y la intensidad con la que las casas de cambio ofrecen gangas de cambio de euros por rublos. ¡Hasta 70 rublos por euro!

Recuerden que Rusia no es parte de la Unión Europea y que cinco de los 19 países de la UE competirán en la Copa del Mundo y sus aficionados seguramente llegarán armados de divisas hasta los dientes: Alemania, Bélgica, España, Francia y Portugal.

Casa de cambio donde se recomienda cambiar euros por rublos a buen precio.

Salí de Madrid hacia Moscú a las 5:40 p.m. del domingo 10 de junio. Nada que reportar en el trayecto excepto un incesante murmullo en la clase ejecutiva. Pronto, flashazos, risas, pasajeros que entraban y salían con una sonrisa. Y nada, que debimos ir a meter nuestras narices y husmear un poco, y que nos encontramos al señor Iker Casillas.

Casillas no jugará el Mundial, marginado por el seleccionador español Julen Lopetegui. Pero igual viajó a Rusia, porque comentará los partidos de España y algunos de México para la plataforma Azteca Digital. Simpática persona el tal Casillas. Se dejó tomar fotos por todo el mundo… y por supuesto que de mí, también. Intenté abordarlo para hacerle unas preguntas, pero no se pudo, pero extendió su mano, tomó el celular, y ambos sonreímos para la instantánea.

Ahora somos colegas con Iker Casillas. Digo, ¿los dos cubrimos el Mundial para un medio de comunicación, no?

 

 

Y llegamos a Moscú, a las 4:50 a.m. del lunes 11 de junio, apenas a 72 horas del inicio de la Copa del Mundo. Del aeropuerto Domodedovo puedo decirles que es bastante pequeño, y confuso por lo del idioma. Las ventanillas de migración no mostraban nada en español.

Decidí saludar en español, no había de otra. El oficial movió sus labios como en cámara lenta, tomó mis documentos, muy paciente revisó el pasaporte y me permitó el ingreso rápido. Bendito fútbol, todo lo hace posible.

No puedo decirles más porque estoy a punto de subirme al taxi que me llevará al hotel, excepto que estamos a 7 grados centígrados, y a que al nomás salir del aeropuerto Domodedovo, se aprecia la actividad comercial incipiente de un lunes, con un saborcito inconfundible a Mundial. Les dejo un video que recogí en los primeros metros…. les escribo al rato, mañana (bueno, hoy, en un par de horas) nos iremos ustedes y yo a traer la credencial al estadio Luzhniki, y a conocer a qué huele y a qué sabe la famosa Plaza Roja de Moscú.